Neurastenia




En los días de tiempo inestable, el estado de ánimo de los hombres cambia como el cielo. Un amigo mío, muy cultivado y bastante razonable, me dijo ayer: No estoy contento conmigo; en cuanto, no estoy ocupado con mis asuntos o jugando al bridge, me obsesiono con mil pequeñeces que me hacen pasar a toda velocidad de la alegría a la tristeza y de la tristeza a la alegría. Cosas tan insignificantes como una carta por escribir, un tranvía perdido o un abrigo demasiado pesado, adquieren una importancia extraordinaria, como si fueran problemas reales. Razonar y demostrarme que todo eso debería resultarme indiferente no sirve de nada; mis razonamientos no encuentran eco. En dos palabras: me siento un poco neurasténico.
Déjate de grandes palabras- le contesté- y trata de comprender las cosas como son. Tu estado es el de todo el mundo; lo que ocurre es que tienes la desgracia de ser inteligente, de pensar demasiado en ti y de querer comprender por qué lo mismo estás alegre que triste. Y como ni tu alegría ni tu tristeza se explican por los motivos que conoces, acabas enfadándote contigo mismo.


En realidad, los motivos que tenemos para ser felices o infelices carecen de importancia: todo depende de nuestro cuerpo y de sus funciones, y hasta el organismos más robusto pasa muchas veces durante el día de la tensión a la depresión y viceversa, según las comidas, las caminatas, los esfuerzos de atención, las lecturas y el tiempo que haga.
Así, tu estado de ánimo sube y baja como el barco sobre las olas. Por lo general no so más que matices de gris.
Mientras uno está ocupado, no piensa en ello, pero en cuanto tenemos tiempo para pensar y lo hacemos con aplicación, los pequeños motivos acuden en tropel y creemos que son causas cuando en realidad son efectos. Un espíritu sutil siempre encontrará razones para estar triste si está alegre; la misma razón sirve, a menudo, para dos fines.
Pascal, que sufría físicamente, estaba horrorizado por la multitud de estrellas y el augusto escalofrío que experimentaba contemplándolas, asomado a la ventana, procedía de que cogía frio sin darse cuenta. Otro poeta, si está bien de salud, hablará con las estrellas como si fueran amigas suyas. Y tanto uno como otro dirán cosas muy hermosas sobre el cielo estrellado, cosas muy hermosas fuera de lugar.
Spinoza dice que es imposible que el hombre no tenga pasiones, pero que el sabio forma en su alma tal red de pensamientos felices que sus pasiones, a su lado, resultan diminutas. Sin seguirle por sus caminos más difíciles, nosotros podemos sin embargo, construirnos como él un gran número de felicidades voluntarias, como la música, al pintura o las conversaciones que, por comparación, empequeñeceran nuestras melancolías. Las pequeñas ocupaciones hacen que el hombre de mundo se olvide de su hígado, deberíamos avergonzarnos de no saber sacar mejor partida a nuestros amigos. Pero quizá sea un error común –y de gran trascendencia- no interesarnos metódicamente por las cosas que tienen valor. Contamos con ellas. A veces es todo un arte querer lo que estamos seguros de desear.

22 de febrero de 1908